Leyenda del Hechizo del Pando

Hilario sentía que la enfermedad se le agravaba cada vez más. La padecía desde hacía ya mucho tiempo, y nada había resultado para curarse. No había sido constante en curación; nunca había sido atendido por un médico. El se decía para sus adentros: – ¿Para qué curarme un médico? Los médicos no curan el hechizo. No pueden curarlo ni creen en él. Y sin embargo, por algo dicen que cuando el tecolote canta, el indio muere…¡yo no tengo remedio!-

Hilario estaba hechizado por una mala mujer que fue su esposa. Ella le causaba al pobre hombre un mal incurable para vengarse de él. Había personas que aseguraban que Teofila, la amada perversa, tenía un muñeco que era el vivo retrato de Hilario, con una espina clavada en la espalda. Aquel infeliz se moría a pausas, sufriendo atroces dolores, La espina que tenía el muñeco clavada en la espalda le causaba terribles dolencias que los médicos no saben curar. El hechizo era lo que hacía padecer a Hilario. Margarita, su hermana, le hacía cuanto remedio le aconsejaban los vecinos del barrio, y sobre todo los boticarios. Pero por más intentos, el mal simplemente no cedió.

Un día, ya al atardecer ya con la esperanza pérdida, Margarita pidió al médico que visitara a su hermano, no para que lo curara, sino para que lo viera y en trance fatal de la muerte y le diera el certificado de defunción, sin el cual no podía enterrar el cadáver. ¿Qué necesidad hay que sea un médico el que asegure que está muerta una persona, cuando la presencia del cadáver es prueba mejor que cualquier papel escrito?.

El médico llegó ya casi entrada la noche. Una vela de una tenue luz amarillenta y vacilante, daba a la estancia un aspecto lúgubre. El enfermo, con una respiración fatigada y angustiosa, estaba tirado en un catre de madera. En el semblante expresaba la cercanía del último momento. El médico lo examinó; escuchó silencioso y recetó. Llamó aparte a Margarita para explicarle como debía darle la medicina al enfermo, y advertirle que ya era muy tarde para que pudiera curarse.

El médico no se equivocaba, aún venía de la botica con la medicina, cuando el enfermo expiró. Bien claro lo decía el canto lúgubre del tecolote que desde al obscurecer se escuchaba entre el ramaje espeso del aguacate del corral, infundiendo en el barrio cierto misterioso terror. ¡Qué había de poder la ciencia médica contra el hechizo! Este solo pueden curarlo los hechiceros. Cuando tenían su cadáver en el suelo, se levantó de medio cuerpo atemorizando a los presentes y arrojó algo por la boca. −¡Ya lo ven!− exclamaron todos− ¡La postema! ¡No cabe duda, estaba hechizado por aquella mala mujer -.

Sepultaron el cadáver de Hilario, que era conocido por el apodo de El Pando, y por varios días, al oscurecer, siguió el tecolote cantando lúgubremente entre el ramaje espeso del aguacate del corral, comprobando el fatal desenlace del Hechizo del Pando.

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