La misteriosa montaña de los muertos

El terrible suceso tuvo lugar en febrero de 1959, cuando diez esquiadores de la antigua Unión Soviética, se reunieron al norte de los Montes Urales para realizar una expedición a la cordillera montañosa. Solo uno sobrevivió. Los nueve restantes murieron de manera tan extraña y espantosa que todavía sigue siendo un misterio.

Antes de emprender el viaje hacia la base del monte Otorten un miembro del equipo enfermó repentinamente, obligándolo a quedarse allí para recuperarse, aquella circunstancia se convirtió para él en un suceso providencial. El clima empeoró, obligando al grupo de jóvenes a desviarse de su curso. Según los cálculos realizados y las previsiones del equipo, llegaron al lugar el 1 de febrero. Al transcurrir más de una semana de la supuesta fecha de llegada y no tener noticias de los jóvenes, las familias piden al Instituto Politécnico que comience su búsqueda. El rastreo empezó el 21 de febrero.

Después de varios días de búsqueda, encontraron el último campamento en el que se habían establecido los estudiantes. El estado del campamento no presagiaba nada bueno. Las tiendas estaban totalmente rajadas desde dentro y cubiertas parcialmente por nieve. No había nadie en su interior, los objetos personales, incluso la ropa de abrigo, permanecían allí. Un conjunto de huellas en línea recta partían de las tiendas de campaña. Los expertos aseguraron que pertenecían a un grupo de unas ocho o nueve personas, lo que demostraría que todos los estudiantes huyeron prácticamente desnudos. Unos llevaban calcetines y otros, una única bota, pero algunos escaparon con los pies descalzos. Las huellas se hundían unos 90 cm en la nieve y no revelaban signos de violencia ni la presencia de alguien ajeno al grupo. Conducían hacia una pequeña cuesta que llevaba a una masa arbolada cercana, pero tras 500 m desaparecían sin dejar rastro.

En el borde del bosque aparecieron los cuerpos sin vida de dos de los estudiantes. Sus cadáveres descansaban bajo un gran pino vestidos únicamente con ropa interior y sin signos externos de violencia. Junto a ellos se veían los restos de una hoguera y algunas ramas del pino destrozadas. A pocos metros, en un claro de la arboleda, yacían 3 cuerpos más. Por la posición de los cadáveres, parecía que los jóvenes habían tratado infructuosamente de llegar al campamento. La autopsia que se realizó a los cinco cuerpos no arrojó datos relevantes: los estudiantes habían muerto por hipotermia y no presentaban lesiones externas.

La tarea de encontrar los cuerpos restantes duró casi dos meses. Los cuatro estaban enterrados bajo 5 m de nieve cerca de una especie de pequeño barranco, próximo al lugar donde se habían encontrado los cuerpos de las otras víctimas. El cráneo de uno estaba prácticamente destrozado por dentro, y los otros tenían varias costillas rotas. Además, uno no tenía lengua. Pese a ello, las lesiones externas que presentaban eran prácticamente inapreciables. Y, al contrario que los demás, estaban vestidos. Parecía como si los últimos en morir se hubieran apropiado de las ropas de quienes habían fallecido primero.

Después de tres meses de análisis, la investigación sobre el caso se dio por finalizada sin llegar a ninguna conclusión. Sin testigos, sin nadie a quien acusar y sin pruebas sustanciales sobre lo que realmente ocurrió en aquel lugar. El caso quedó bajo secreto de sumario y se prohibió el acceso a la zona donde habían ocurrido los hechos durante los tres años siguientes.

En el año 1990 el investigador Iev Ivanov consiguió entrevistar a varios militares y meteorólogos que relataron que entre febrero y marzo de 1959 se habían divisado en la zona unas “esferas brillantes”. Para Ivanov esas esferas brillantes eran la clave del misterio.

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