El campanario

El pueblo donde vivo, es uno de esos sitios en donde encuentras más iglesias que lugareños. Como es de esperar, todos los que ahí convivimos día tras día nos conocemos perfectamente. El panadero, el carnicero, el pescadero, el herrero, el enterrador etc. Algo que caracteriza a nuestra comunidad es el hecho de que no aceptamos muy fácilmente a los forasteros. Y eso fue lo que ocurrió con el padre Villaseñor, quien llegó a nuestra localidad tras la muerte del queridísimo padrecito Godínez.

Villaseñor fue enviado directamente de la capital y traía consigo esos “aires de grandeza” que molestan a todo el mundo. De hecho, desde la primera vez que ofició una misa, la gente lo miró con muy malos ojos pues comentó:

– Veo que el Señor se ha olvidado de este lugar, no sólo porque son un rebaño completamente descarriado, sino por lo mal educados que son. Por fortuna, aquí estoy yo, para devolverles la fe y las buenas costumbres que todo cristiano debe procesar.

Al concluir la ceremonia, se acercó Lencho, el capataz de la hacienda de don Gabino y le advirtió al sacerdote:

– Mire curita, ándese con cuidado. Desde que murió el padrecito Godínez, dicen que todas las noches en esta iglesia se aparece el demonio.

A lo que Villaseñor respondió con una sonora carcajada:

– Jajaja, bola de ignorantes, eso me lo dices únicamente con el fin de asustarme. ¿Crees que con un cuento de terror como ese, me voy a morir de miedo?

– No, pero que conste. Yo nada más le advierto que no ande tentando a la suerte.

Transcurrieron varios meses y cada vez menos gente asistía a esa iglesia. Una noche lluviosa, cuando Villaseñor se dirigía a su habitación, comenzó a escuchar una serie de sonidos extraños, los cuales provenían del púlpito. Por más que lo intentaba, no podía descifrar qué era lo que aquellas voces decían. Al aproximarse al lugar, todas las velas que estaban encendidas se apagaron repentinamente debido a una fuerte corriente de aire que vino de ningún lado. Posteriormente, de entre las sombras comenzó a surgir una figura humanoide con orejas puntiagudas.

Para esas alturas, el clérigo estaba arrodillado rezando afanosamente. Lo que no sabía es que nada de lo que hiciera podría salvarlo del funesto desenlace que le esperaba.

El campanario

Exactamente a las tres de la madrugada de aquel 3 octubre, las campanas comenzaron a doblar. Tal y como lo hace cuando muere alguien. Uno a uno los feligreses fueron ingresando al recinto, sólo para darse cuenta de que el cuerpo sin vida del padre Villaseñor se encontraba colgado de una de las sogas del campanario.

Fuente: Leyendasycuentosdeterror.com.mx

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