Leyenda la casa del fondo

Cuando eres niño y vives en un vecindario concurrido, a menudo inventas leyendas acerca de la gente que vive por el rumbo. Eso nos pasaba con la casa del señor Melchor López, un ermitaño que vivía al final de la cuadra.

Al parecer no tenía ningún familiar que lo visitara y prefería salir por las noches para no ser molestado. Jamás le vi saludar a nadie, ni esbozar una leve sonrisa. Transcurrió el tiempo y una vez que estaba jugando cerca de su casa, noté como la hierba de su jardín estaba demasiado larga.

Fui a casa y le dije a mi mamá que se había visto al señor López durante los últimos días, pues aunque era un sujeto de costumbres extrañas, su jardín era algo digno de exposición. Ella habló por teléfono a la policía y en unos minutos una patrulla aparcó afuera de nuestra casa.

Los oficiales se bajaron e interrogaron a mi mamá. Después, los cuatro salimos de mi hogar y nos fuimos a la casa del fondo. Uno de los patrulleros cogió su macana y golpeó en repetidas ocasiones la puerta, pero nadie salió. Entonces el otro policía tomó impulso y con un fuerte golpe de su hombro logró quebrar la aldaba.

De inmediato, el aire se empezó a enturbiar con un aroma fétido. Entramos todos al domicilio y yo me tape la nariz con un pedazo de mi playera. Prontamente uno de los gendarmes gritó desde el baño pidiendo ayuda a su compañero. Fui allá y lo primero que vi fue un cuerpo en estado de putrefacción, su carne ya estaba gris y los ojos ya se le habían caído de sus cuencas.

Palidecí y puse pies en polvorosa lo más pronto que pude. Una de las cuestiones que posiblemente nunca se borrarán de mi subconsciente, era ese gesto de malignidad con que había quedado su rostro. A partir de esa fecha, en esa casa empezaron a suceder hechos extraños, como por ejemplo las luces se siguen encendiendo, aún y cuando la compañía cortó el suministro hace ya más de un lustro.

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  • jovanni arreola

    siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii que da miedo uuuuuuuuuuuuu

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