Leyenda de terror de Felipe el cantarero

En un pueblo de la sierra apareció un día la figura de un hombre desgarbado de nombre Felipe llevaba a sus espaldas un gran costal. Dentro de él guardaba grandes vasijas y ollas de barro. Sin embargo, su rostro y manos llenas de cicatrices hacían que casi nadie se acercara. Suena lógico, ya que la gente estaba acostumbrada a propagar leyendas de terror sobre cualquier individuo que no fuera nativo de la zona.

Aquel sujeto cambiaba a diario su ubicación, con la esperanza de que al fin alguien le comprara alguno de sus cántaros. Luego de mucho resonar, imaginó que lo mejor era colocarse junto a la iglesia, dado que la gente del lugar era creyente.

Poco a poco empezó a ganar clientela y las leyendas negativas empezaron a desaparecer. Cuando el fin pensó que su suerte cambiaría de una buena vez y que volvería a hacer tres comidas al día, se topó con el que se convertiría en su peor enemigo; el sacerdote del pueblo.

Una tarde de enero éste se le acercó al artesano diciéndole:

– Llevas ya mucho tiempo aquí. El ajetreo que provocas con tus utensilios de barro distrae a mi feligresía cuando estoy oficiando misa.

– Dispense padre pero no tengo otra parte en donde pueda vender mi mercancía.

– Búscala por otro lado ya que si mañana te vuelvo a ver aquí, te correré a patadas. Me molesta que haya mendigos cerca de mi iglesia.

Veinticuatro horas más tarde, el clérigo al percatarse de que sus palabras no habían sido suficientes. Comenzó a romper las vasijas de barro ante la mirada desconcertada de Felipe.

– ¿Sabe a qué me dedicaba antes padre? Era profeta y puedo decirle que en su futuro cercano veo a la muerte. Exclamó el cantarero.

– Tus historias de terror me importan un bledo, pero sólo por darte gusto dime ¿cómo voy a morir? Su cuerpo será devorado lentamente por organismos rastreros igual que usted.

Esa misma noche, el caballo en el que iba montado el párroco con dirección a su casa, se desbocó proyectándolo hacia un declive del camino. Nadie escuchó sus gritos de espanto cuando las larvas acabaron con su vida una semana más tarde.

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